2025
El 2025 quizás sea el año que más crecí como persona
Si miro hacia atrás, puedo decir sin miedo a equivocarme que el 2025 fue un año bisagra en mi vida. Un año incómodo, duro, solitario… pero profundamente transformador.
Comencé enero en uno de mis peores momentos. Fue el mes de mayor consumo, de mayor desconexión conmigo mismo, de anestesiar lo que dolía en vez de enfrentarlo. Febrero pasó casi en automático, pero marzo fue distinto. Algo hizo click en mi cabeza. No fue suave ni progresivo, fue notorio, casi violento. Empecé a recordar quién era, desperté conciencia. Y cuando eso ocurre, ya no hay vuelta atrás.
Desde ese momento, todo empezó a transformarse en logros internos. Dejé las drogas, el alcohol y el cigarro. No por obligación, sino porque dejaron de tener sentido. Me invitaron a la iglesia y comencé a ir de forma constante. Contra todo prejuicio, me sirvió. Me ordenó, me dio silencio interno, me dio una base cuando todo lo demás se caía.
También dejé de juntarme con personas con vicios. Me quedé con los que creía amigos “verdaderos”… y ellos también desaparecieron. Al final, solo quedó mi familia. Y aun así, tampoco encajé ahí. Me tildaron de loco, de enfermo. Tal vez tienen razón en algo: no encajo. Nunca fui un Lego. No encajo en moldes, no encajo en expectativas ajenas, no encajo ni siquiera en mi propia familia.
Prefiero no profundizar en mi terapeuta. Solo diré que cuando alguien que debe acompañarte te habla desde la herida y no desde la conciencia, se nota. A veces, el que guía también está perdido.
Mi mamá últimamente me dice que me vaya de la casa. Duele, porque no ve —o no puede ver— que soy yo quien hace los trámites, quien se mueve para que tenga mejor salud, quien se preocupa por las cosas básicas del hogar. Aun así, pareciera no ser suficiente. Quisiera tener mi propio lugar donde llegar en paz, mi propio auto, mi propio espacio. Estoy cansado de las miradas torcidas, de sentir que molesto, de vivir a la defensiva.
Vivo parado en la necesidad de todos, pero nadie parece ver la mía. Y aun así, no me voy. Porque irme significaría dejar a mi mamá sola, y en el fondo sé que eso podría significar su muerte. Cargo con ese peso en silencio.
A pesar de todo, no reniego del 2025. Fue un buen año. No por lo fácil, sino por lo verdadero. Fue el año en que dejé de huir, en que desperté, en que pagué costos internos que pocos ven. Fue el año donde sembré, aunque todavía no coseche.
Espero que el 2026 sea el año de materializar los frutos. Ya hice el trabajo interno. Ya caminé el desierto. Ahora toca que la vida también responda.
Con afecto,
Víctor Jesús
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