La santa muerte
Cuando vi a la Muerte (y no tuve miedo)
Por Víctor Jesús Álvarez Acuña
La primera vez que vi a la Muerte fue cuando tenía 16 años. No fue un sueño ni una visión brumosa. Fue algo claro, físico, palpable. Un amigo había ido a visitarme esa noche, me dijo que iba a buscar a unas chicas con las que íbamos a compartir. Mientras lo esperaba, me fui a mi habitación. En la televisión estaban dando el reality Pelotón. Todo parecía una noche normal, hasta que un perro —que no era el mío— comenzó a ladrar afuera de la casa. Mi perro, que también estaba afuera, no ladraba. Eso fue lo primero extraño.
Me asomé a la ventana y fue entonces cuando la vi. Era una figura femenina, muy delgada, vestida con ropa de lana. No tenía rostro humano. Estaba quieta, en posición de atención, pero con la mirada (si es que se le puede llamar así) hacia el piso. La observé unos diez segundos. No se movía. Cerré la cortina, intenté convencerme de que era mi imaginación, y cuando volví a abrirla… ya no estaba.
Bajé las escaleras y fui al living para ver si podía verla desde otro ángulo. Nada. Se había desvanecido. Fui directo donde mi madre y le dije que había visto un fantasma. Leímos juntos el Salmo 91. Mientras leíamos, comenzaron a sonar las alarmas de las casas, de los autos… como si algo invisible estuviera tocándolo todo.
Fue entonces cuando vi pasar a un par de amigos del barrio. Supe de inmediato que no estaban en nada bueno. Iban ebrios, nerviosos. Me acerqué y les advertí que se fueran a sus casas. Ellos mintieron, dijeron que buscaban a “la negra”, pero yo sabía que estaban planeando robar. Se fueron, y la noche terminó.
A la mañana siguiente, Roberto, otro amigo, me fue a buscar. Me contó que, efectivamente, esa noche querían robarse un auto. Tenían incluso las llaves. Cuando le conté lo que había visto, su rostro cambió. Me dijo: “Mi mamá anoche me dijo que andaba la Muerte en la villa… pero no le creí”.
La segunda vez que vi a la Muerte fue en una unidad de pacientes agudos. En una sala cercana a la mía había una mujer en agonía. Sentí que estaba muy mal… algo en mí lo supo. Me senté fuera de su habitación y comencé a cantar tres canciones de amor de Coldplay, en inglés. El guardia del lugar me dijo que cantaba bonito, pero que debía entrar a mi sala. Me negué un momento. Algo me decía que debía quedarme.
Y ahí estaba ella otra vez. La Muerte. También con cuerpo femenino. Esta vez con cabello como el de Bob Marley, sin rostro, vestida de gris oscuro. Me miró (o eso sentí) y luego se desvaneció. Al día siguiente, la mujer se levantó… se había recuperado. Contra todo pronóstico.
¿Quién era esta figura? ¿Una advertencia? ¿Una guía? ¿Una presencia que se detiene cuando alguien interviene con amor, con luz, con intención?
Lo cierto es que nunca sentí miedo. Solo paz. Era como si se estuviera despidiendo. O como si supiera que no podría llevarse a quienes intentó esa noche… porque alguien —yo— se había interpuesto.
Con cariño y sin miedo,
Víctor Jesús
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